Bolivia está en el aire y no solo porque La Paz, su capital política, se encuentra casi 3.700 metros sobre el nivel del mar. Evo Morales ya no es presidente y con él se fueron el vicepresidente Álvaro García Linera y la línea de sucesión natural en el Congreso. Al cierre de esta edición, no existe una autoridad ejecutiva. La Asamblea Legislativa tampoco ha aprobado por el momento la dimisión de Morales, aunque los integrantes del oficialismo, que son mayoría absoluta, recibieron una carta del exmandatario en la que explica otra vez las razones del abandono del poder y, a la vez, insinuá una hoja de ruta a corto o medio plazo.

De un lado, señala que como “presidente indígena” se vio obligado a “evitar que los golpistas sigan persiguiendo” a los defensores de su Gobierno e impere la violencia. Al mismo tiempo, asegura que “mañana será el momento de la reorganización y el paso al frente en esta lucha que no termina con estos tristes sucesos”. No queda claro en los fragmentos conocidos de la misiva a cuándo se refiere cuando habla de “mañana”. La confusión reina también en lo que respecta a sus acciones personales. Algunas versiones señalan que que partirá a México, cuyo presidente, Andrés Manuel López Obrador, anunció que no reconocerá a ninguna autoridad surgida de la protesta atizada por la oposición.

En este contexto, la oposición empuja para que Jeanine Añez (derechas), la segunda vicepresidenta del Senado, asuma como presidenta interina. “Me corresponde hacerlo con el único objetivo de llamar a nuevas elecciones”, dijo. La Organización de Estados Americanos (OEA) instó al Congreso a resolver pronto esta cuestión para “asegurar el funcionamiento institucional”. Mientras no suceda, la vida política boliviana estará en el limbo. El Movimiento al Socialismo (MAS), el partido hasta hace horas gobernante, no parece muy entusiasmado con acelerar los cambios.

En este contexto, casi nada funciona en Bolivia. Los comercios están en su mayoría cerrados. Algunas calles dejan ver las cicatrices de la violencia del fin de semana. Morales pidió a los trabajadores públicos, médicos y maestros, “ya no como presidente sino en mi condición de ser humano”, que vuelvan a prestar servicios en hospitales y escuelas. La cúpula policial fue relevada y no se descartan cambios en los mandos de las Fuerzas Armadas, las más obsecuentes con el presidente hasta su dimisión.

El problema opositor
Los protagonistas de lo que Morales calificó de “golpe cívico-policial” se han encontrado con un muy escaso reconocimiento internacional. España condenó que el proceso abierto hacia una nueva convocatoria electoral que había hecho Morales “se haya visto distorsionado por la intervención de las Fuerzas Armadas y la Policía” al “sugerirle” que presente su renuncia. “Esta intervención retrotrae a momentos ya pasados de la historia latinoamericana”. La UE expresó el deseo de que “todas las partes del país ejerzan contención y responsabilidad” y conduzcan de manera “pacífica” a Bolivia hacia nuevos comicios.

Las imágenes del saqueo de la casa de Morales que circularon en las redes sociales dan cuenta de que el peligro del revanchismo político es real. La cantidad de asilados en algunas embajadas latinoamericanas crece con el correr de las horas. No se trata solo de figuras públicas de primer orden sino de referentes del MAS que han recibido amenazas de muerte.

“Liberamos un pueblo”
Luis Fernando Camacho, el empresario cruceño que ha emergido como el líder principal del movimiento conspirativo, se filmó a sí mismo para contarle “al mundo”, como si fuera una autoridad constituida, que Morales no fue “tumbado” por cívicos y uniformados. “Liberamos un pueblo. Solo se llevó una Biblia al palacio. Renunció sin una bala, renunció por nuestra fe puesta en Dios”. Camacho le pidió a la comunidad interncional que “apoyen la soberanía del pueblo”.

El “palacio” al que hizo alusión se conoce desde 1875 como Palacio Quemado porque los opositores al presidente Tomás Frías arrojaron antorchas encendidas contra la sede del Ejecutivo. El incendio se incorporó como método para resolver las diferencias políticas. Después de Frías, 36 de 83 gobiernos no duraron más de un año, 37 fueron de facto y la cantidad de alzamientos castrenses es tan grande que los historiadores no coinciden en la cifra exacta. Con Morales se pensaba que ese ciclo de inestabilidad congénita había terminado para siempre.